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1.
El general y su consejero enano
Quhan
Li era un general prestigioso, que había estado de campaña
los últimos cinco años. Sumaba sus triunfos y eso gracias al
consejo de Mahong, el sabio enano. El general escribía cartas
al sabio, diciendo que extrañaba su hogar y que deseaba
retornar. El sabio enano siempre respondía que eso no era
adecuado y que lo mejor era seguir de campaña. Tres años más
pasaron y el general volvió a escribir al sabio, señalando
que anhelaba su hogar, y Mahong volvió a responderle que eso
no era adecuado. En esa oportunidad el general volvió a
escribir, preguntando porqué no era adecuado que volviese.
Por respuesta recibió una nota del sabio, la cual decía:
"Mientras tu eres victoriosos con tus enemigos, yo me
llevo a tu mujer".
El general comprendió que no siempre el éxito va acompañado
de alegría.
2.
El cazador de dragones
Tinni
Pooh era un rico comerciante, a quién sus vecinos tenían por
cobarde. Junto a su hogar vivía un hombre que era cazador de
dragones, a quien sus vecinos respetaban y admiraban. Tinni
Pooh no comprendía: él era millonario y hacia regalos a sus
amigos y donaba comida a los pobres, mientras que el cazador
de dragones holgazaneaba, fornicaba con mujeres de ajenos y
vivía de prestado.
El comerciante fue a hablar con el cazador de dragones y le
preguntó: "¿Puedes explicarme porque tus vecinos te
admiran?", a lo que el cazador respondió: "Me
admiran porque me rasco los huevos todo el día y porque las
mujeres se calientan con mi profesión y no paro de
garchar".
Ese día Tinni Pooh vendió su negocio y se dedicó a la caza
de dragones.
3.
Las tristezas del duque
El
duque de Ju ofrecía un gran premio ha quien le devolviera la
alegría. Unos pillos encontraron, en un camino, a un enano
deforme, feo como los excrementos de un puerco y con gesto de
idiota. Pensaron que si llevaban ese engendro al duque y lo
presentaban como un bufón, les pagarían la recompensa.
Entonces se presentaron en la corte, diciendo que tenían en
su poder al engendro más horrible, que era deforme e idiota.
El duque los recibió personalmente y cuando los pillos lo
vieron, notaron que era idéntico al engendro que ellos
llevaban. El duque reconoció en el engendró a su hermano
gemelo perdido y se sintió feliz.
Al día siguiente el duque les regaló 10 mujeres hermosas a
cada pillo, como agradecimiento, y los mando a castrar, por
pelotudos.
4.
La sospecha
Un
hombre perdió su hacha; y sospechó del hijo de su vecino.
Espió la manera de caminar del muchacho, exactamente como un
ladrón. Observó la expresión del joven, como la de un ladrón.
Tuvo en cuenta su forma de hablar, igual a la de un ladrón.
En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable de
hurto.
Pero más tarde, encontró su hacha en un valle. Y después,
cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y
acciones del muchacho parecían muy diferentes de los de un
ladrón. (Lie Dsi)
Rumores acerca de Dseng Shen Una vez, cuando Dseng Shen fue al
distrito de Fei, un hombre de su mismo nombre cometió un
asesinato, y alguien fue a decirle a la madre de Dseng Shen:
-Dseng Shen ha asesinado a un hombre.
-Imposible –contestó-. Mi hijo jamás haría tal cosa.
Y tranquilamente siguió tejiendo.
Poco después, alguien más vino a comentar:
-Dseng Shen mató a un hombre.
La anciana continuó tejiendo.
Entonces llegó un tercer hombre e insistió:
-Dseng Shen ha matado a un hombre.
Esta vez la madre se asustó. Arrojó la lanzadera y escapó,
saltando la tapia.
A pesar de que Dseng Shen era un buen hombre y su madre
confiaba en él, cuando tres hombres lo acusaron de asesinato,
aún queriéndolo tanto, la madre no pudo evitar dudar de él.
5.
La gran tinaja de agua
Un
chiquillo llamado wang, que era muy inteligente, porque
siempre prestaba atención a sus lecciones, esforzándose en
comprender todo lo que observaba, hallábase jugando con
varios camaradas, cuando uno de ellos se cayá en una tinaja
de barro llena de agua. La tinaja era muy grande y ninguno de
los niños podia alcanzar a su compañero, que seguramente
hubiera perecido ahogado a no ser por la penetración del
pequeño Kwang. Este se daba cuenta de que, quien intetara
salvar al caído, por la boca de la tinaja, no sólo fracasaría,
en su intento, sino que muy probablemente caería también en
ella. Por esto, Kwang, cogió del suelo una gran piedra que
lanzó con toda su fuerza contra la tinaja, y al romperse ésta
se escapó el agua rápidamente quedando a salvo el pequeñuelo.
6.
El niño que encontró la luz
En
las provincias de China abunda la gente muy pobre, tan pobre
que suele no disponer de luz después de la puesta del sol,
teniendo necesariamente que acostarse. Un muchacho llamado
Kang, que estudiaba para examinarse, dióse cuenta de que, si
quería alcanzar un éxito en los exámentes, no debía perder
las horas que la oscuridad le quitaba para el estudio. Su
familia era demasiado pobre para comprar aceite. ¿Qué hacer,
pues? Había caído una copiosa nevada, y Kang de repente
recordó que los reflejos blancos alumbran, por lo cual
saliendo fuera de la casa y sentándose sobre el suelo helado,
colocaba el libro de manera que sobre el reflejara la claridad
de la nieve. Así lo hizo durante todo el invierno; pero llegó
el verano y la nieve derritióse. ¿Cómo se arreglaría
entonces el pobre Kang? Recordó que las luciérnagas producen
luz, aunque muy débil, y recogiendo gran número de estos
pequeños animalitos, sirvióse de sus lucecillas para
continuar sus estudios hasta muy entrada la noche. Kang llegó
a ser un mandarín de alto rango.
7.
La pelota en el poste hueco
En
una pequeña aldea vivia un muchachuelo, llamado Yenfoh, muy
listo y aplicado, que siempre tenía salidas ingeniosas en las
circunstancias difíciles. Un día, mientras jugaba a la
pelota con otros camaradas, la pelota quedóse en lo alto de
un poste hueco, cayendo despues dentro del mismo y quedando
fuera del alcance de la mano de los niños. Todos, menos
Yenfoh, dieron por perdida la pelota; pero Yenfoh, impulsado
por una idea repentina, corrió a la fuente de la aldea y llenó
un cubo de agua, que transportó hasta el poste hueco. Yenfoh,
a la vista de los demás muchachos, vertió el agua dentro del
poste, hasta que la pelota, flotando en el líquido, pudo ser
cogida fácilmente.
8.
El muchacho que no tenía papel
Un
mozalbete que había tenido la desgracia de perder a su padre,
cuando apenas contaba cuatro años de edad, deseaba prepararse
para los exámenes; pero su madre vivia miserablemene y no
podia comprarle papel, plumas y tinta. El muchacho, cuyo
nombre era Jang-su, apurosé mucho a causa de esto, y durante
algun tiempo no supo qué hacer. Sin poder escribir, no podia
estudiar y ¿cómo podría escribir faltándole el papel? Pues
en el caso del joven Jang-su, se demostró bien pronto que
cuando hay voluntad no se tarda en encontrar una solución. El
muchacho vivía cerca de la costa, y bajando a la playa con
una rama de árbol resolvió el problema trazando sobre la
arena las palabras que sobre el papel hubiera trazado
9.
El estudiante soñoliento
En
la provincia de Tsu vivía un muchacho muy ansioso de
distinguirse en los exámenes, para ser así la gloria de sus
padres y de su pueblo natal. Pero observó que, tras algunas
horas de estudio, comenzaba a invadirle una gran somnolencia,
que terminaba en un sueño profundo. Esto le apenaba muchísimo,
y durante algún tiempo no supo cómo ingeniarse para
permanecer despierto. Por fin, se le ocurió una idea
salvadora. Ató una cuerda al extremo de su trenza, sujetando
la otra extremidad de aquella a una viga del techo, de suerte
que, si se dormía y daba cabezadas, el tirón de la coleta le
despertaría al punto.
10.
El tejido
Mencius
sólo tenía tres años cuando perdió a su padre, y su madre
trabajaba muy penosamente para proporcionar a su hijo una
buena educación. Para ello llevóle a la escuela, lo que en
un principio no desagradó a Mencius, pero no tardó mucho en
aflojar en sus estudios, hasta que, por último, dando de mano
a los libros abandonó la escuela y volviose a su casa. La
madre estaba tejiendo una pieza de tela en la que había
empleado mucho trabajo y la que valía mucho dinero. Tan
pronto como vió entrar a Mencius en la casa, cogió un
cuchillo y cortó la tela de arriba abajo, destruyéndola
completamente.
-¡Hijo mío!- le dijo -tú no tienes la mitad de tristeza al
verme cortar este tejido que tengo yo por verte abandonar tus
estudios.
Mencius se impresionó tanto ante esta acción de su madre,
que volvió a la escuela en seguida para estudiar siempre con
aplicación verdadera.
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